Es penoso el no tener amigas y amigos imaginarios, que no nos divirtamos con nuestra mente de niños, donde los aviones y los peces volaban junto, ya que perdimos nuestra infancia entre tantas reglas.
Un escena cotidiana ya nos asombra, hasta podemos creer que es parte de nuestra vida, de nuestros sentimientos, e incluso pensamos que estamos mal cuando estamos bien.
De tanto convivir con el consumo de consumir, nos parece que nos vigilan demasiado, nos consumen nuestra vidas poco a poco, con el consumo del consumir.